Existe un país mejor

Existe un país mejor

Porque nosotros, extranjeros y advenedizos somos delante de ti, como todos nuestros padres; y nuestros días sobre la tierra, cual sombra que no dura. 1 Crónicas 29:15.

David, el pastorcito de los campos de Belén, que se enfrentó con intrepi­dez al gigante Goliat y después reinó sobre su pueblo, estaba viejo y cansado, y entre sus últimas palabras encontrarnos las del versículo de hoy. Son palabras de un anciano, y su testimonio es la voz de la experiencia. David fue un hom­bre sabio e inteligente; sus palabras merecen ser guardadas como un tesoro. Había reinado en Israel por más de 40 años, de modo que éste es un consejo de viene de la realeza. Pero por sobre todo, aunque en algún momento de su vida al separarse de Dios hubiese caído muy profundo, era un hombre que se había arrepentido y había sido perdonado; por lo tanto, el consejo de esta ma­ñana es la palabra viva de Dios.

Ya casi listo para cerrar los ojos y descansar, después de haber visto tantas cosas tristes y tantas cosas buenas, después de haber conocido los dos lados de la vida, después de haber experimentado la angustia de la culpa, la paz del per­dón y la transformación, David recuerda a los que vendrán después, que nues­tra vida sobre la Tierra es pasajera.

“Somos extranjeros”, dice él. Nuestro hogar no está aquí, existe un mun­do mejor, un hogar eterno, una tierra maravillosa.

Amados, el gran peligro que corremos en esta vida es el de acostumbrar­nos a las cosas simples que la Tierra puede ofrecernos y, casi inconsciente­mente, comenzar a echar raíces profundas que oscurezcan la visión de nuestro hogar eterno. Estamos en el mundo, debemos vivir en este mundo y tratar de ser útiles a la familia, a la iglesia, a la sociedad y a los padres; pero no somos del mundo, y esto es lo que no debe borrarse de nuestra conciencia.

David compara nuestra vida con la “sombra”. Aunque el escritor bíblico está hablando de la fugacidad de la vida, podemos inferir una lección intere­sante. La sombra es dependiente. Va a donde va el dueño. Hace lo que el due­ño hace, anda al mismo ritmo. ¿Por qué no hacer de nuestra vida en la Tierra un reflejo de la vida de Cristo? ¿Por qué no permitir que él habite en noso­tros? ¿Por qué no pensar en él a cada minuto, mientras vivimos cada día? Sin duda, esta será nuestra mejor manera de no olvidar que hay un país mejor, más allá de la Tierra

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