El fuego de mama Bickerdyke

El fuego de mama Bickerdyke

Había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos (Jeremías 20:9).

El día de Año Nuevo de 1864 hacía un frío intenso. Durante más de una semana el viento y la cellisca habían azotado sin piedad las carpas que servían de hospital de campaña. Dentro de ellas yacían más de dos mil soldados heridos de la Guerra Civil Norteamericana. Ana María Bickerdyke, a quien los soldados llamaban cariñosamente “Mamá Bic­kerdyke”, había tratado, con una gran fogata, de mantener abrigados a los soldados. Pero ahora, cuando la temperatura bajaba abruptamen­te, se les acabó la leña. Ya era tarde, y en su desesperación la Sra. Bic­kerdyke fue apresuradamente en busca del médico antes que se retirara del campamento.
—Se acabó la leña —le dijo con un suspiro—.Sería bueno que man­dara a algunos soldados a cortar leña antes de que se haga más tarde. Mirando el cielo casi oscuro ya, el doctor replicó:
—Es muy tarde ya. Usted tendrá que arreglárselas como pueda has­ta mañana—. Y, dándose vuelta, de un salto montó su caballo y echó a galopar, rumbo a su tibia habitación en la ciudad.
La Sra. Bickerdyke se puso furiosa. De pie, en medio del camino, sacudió el puño amenazadoramente, mientras miraba indignada al mé­dico que se alejaba rápidamente. Cuando aquél se perdió de vista, mamá Bickerdyke caminó casi un kilómetro (algo menos de media mi­lla), hacia el campamento más cercano. Allí convenció a algunos solda­dos que la acompañaran al hospital. Después de darles una bebida ca­liente, les ordenó echar abajo una hilera de fortificaciones de madera cercanas al hospital. Destruir algo perteneciente a la propiedad militar sin órdenes superiores constituía un serio delito. Pero a los hombres que conocían a Mamá Bickerdyke no les importaba tanto eso como ayudar a la buena señora que los había cuidado tan abnegadamente cuando ellos habían estado heridos. Echaron abajo los troncos, los cor­taron en trozos e hicieron una gran fogata que calentó el campamento de los enfermos. Toda la noche Mamá Bickerdyke mantuvo el fuego encendido. Cientos de vidas se salvaron así en esa noche terriblemente fría.
Hoy Jesús necesita jóvenes que mantengan el fuego del amor de la verdad ardiendo en sus corazones, de modo que puedan beneficiar a los demás. Decídete a encender y mantener activo ese fuego dondequie­ra que estés, en este nuevo año abierto ante ti.

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