El enfermizo teodorito

El enfermizo teodorito

En todo cuanto emprendió, …lo hizo de todo corazón, y fue prospe­rado (2 Crónicas 31:21).

“No sé qué podemos hacer con Teodorito —dijo suspirando la Sra. Roosevelt. A veces parece que apenas puede respirar”.

Y éste era un gran problema para la familia Roosevelt, cuyos miem­bros eran sanos y robustos, porque Teodorito, como lo llamaban cari­ñosamente, tenía asma, y a tal punto, que muchas veces parecía que no iba a poder ya respirar. Además, era tan cegato, que no podía leer las letras grandes de los avisos ni siquiera de cerca. Por esa razón le com­praron unos lentes de mucho aumento, los que, por su forma y tama­ño, al ponérselos sobre su cara redonda y regordeta le daban el aspecto de una lechuza.

Cuando Teodorito cumplió los doce años de edad, su padre, que le habló con franqueza, le dijo entre otras cosas que, si quería tener una mente brillante, debía desarrollar un cuerpo lo más sano y robusto po­sible. Teodoro aceptó el consejo y ahora nadaba, subía con frecuencia las montañas y jugaba lo más posible al aire libre. Pronto sus esfuerzos se vieron recompensados pues se convirtió en un muchacho fuerte y robusto.

También su mente se desarrolló. La gente comenzó a oír hablar cada vez más de Teddy, como lo llamaban entonces. Una vez, alguien le sacó una fotografía en que él sostenía en los brazos un gracioso osez­no. Cuando lo vio así fotografiado, un ingenioso comerciante tuvo la idea de fabricar ositos de juguete rellenos, que se conocieron en su país con el nombre de ositos “Teddy”, nombre que les ha quedado hasta el día de hoy. Con el tiempo Teddy Roosevelt llegó a ser el presidente más joven de su país, los Estados Unidos. Y durante su presidencia se co­menzó a construir el canal de Panamá. Mostró gran interés en el bie­nestar de su pueblo, especialmente de los obreros, y en la conservación de la naturaleza.

¡Y qué lección nos ha dejado! Nadie, y menos un cristiano, debe excusarse de no poder mejorar en la vida, de no superarse. A cada uno se le ha dado una determinada medida de fuerza, algún talento, algún don especial. Y el Señor espera que nosotros lo desarrollemos para su gloria y honor. Si nos proponemos hacer algo noble y digno, y, mien­tras tratamos de lograrlo con todas nuestras fuerzas, le pedimos al Se­ñor que nos ayude si es ésa su voluntad, no hay cosa que no podamos lograr. Comencemos hoy mismo.

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